PETITES HISTÒRIES


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Por ti

Correr siempre fue tu gran pasión. Empezaste queriendo hacer algo de ejercicio tras la densa jornada en la oficina y acabaste haciendo de tus zapatillas un aliado indispensable. Quisiste transmitirme ese sentir en más de una ocasión, sin mucho éxito, es cierto. Hasta que llegó la lesión. Y noté que tenías más roto el ánimo que la pierna. Así que me puse un chándal y cada día salía a correr empujando tu silla de ruedas. Cuando notabas el aire en la cara tu expresión cambiaba, perdías esos pliegues añadidos por la inmovilidad a tu frente. Me entrené contigo cuando te recuperabas, con la idea de correr juntos la San Silvestre. Pero entonces llegó la maldita enfermedad que te dejó postrado en la cama y ya no podía llevarte conmigo al ir a entrenar.

Hoy correré por ti, y en el último kilómetro empujaré tu silla de ruedas vacía.