PETITES HISTÒRIES


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Noche de excesos

Yo soy una persona muy seria y respetable. Son rasgos que me caracterizan, tanto en mi trabajo en la multinacional que dirijo como en mi vida personal. Rara vez se me observa un comportamiento que pueda recibir otros calificativos. Aunque siempre hay una excepción.

Era uno de esos días con cenas navideñas de empresa que llenan los restaurantes de grupos heterogéneos. Y, ya se sabe, la gente bebe más de lo habitual y aprovecha para soltarse, especialmente en el bar de copas posterior a la comilona. Así que de repente me vi junto a una mujer morena, con unos rizos preciosos, que me gritaba: “¡Que baile el jefe, que baile el jefe!”. Se le unieron una muchacha rubia con una falda más que corta y un joven con la corbata en la cabeza a modo de diadema de tenis. A pesar de mi timidez, ante la arenga continuada al final me dejé llevar y me animé a bailar. Al acabar la canción, me abrazó la chica rubia, me besó la morena y el de la corbata me pidió un aumento de sueldo, a lo que no tuve otra que responder: “Lo siento chicos, pero ni soy vuestro jefe ni trabajo en vuestra empresa”.



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Musicalitat

Cansades d’estar tants i tants anys a la mateixa illa i veure incomptables tripulacions que sucumbien als seus cants, les sirenes van decidir que, per una vegada, canviarien els papers. Per això, quan va passar la següent nau, entonaren les seves melodies per atreure els mariners i en llançar-se a l’aigua embruixats per les harmonioses veus, van pujar a bord. Aquest cop els homes no van morir, sinó que van quedar obligats a cantar a les embarcacions que s’acostessin a l’illa. Amb moltes ganes d’aventures, les sirenes posaren rumb a unes altres terres. Durant unes setmanes van visitar unes costes precioses, però s’enyoraven i volgueren tornar. En apropar-se a casa, les seves oïdes digueren prou. Allò no hi havia qui ho aguantés. Van tenir clar que no repetirien l’experiència si no trobaven uns mariners amb un mínim d’estudis musicals.



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Perfecto / Dubitativa

PERFECTO
Me queda un regusto amargo en la boca cada vez que pronuncian su nombre. Y ahora comentan que no aparece. ¡Así se pudra en el infierno! Me felicitaron al trasladarme a su equipo. “Es el jefe perfecto”, decían. Perfecto cabrón, digo yo. Sus manos siempre en mi cintura, en mi cadera, en mi culo. Con disimulo, eso sí. No me atreví a contarlo. ¿De qué serviría? Yo acababa de llegar y él era un jefe venerado. Dirían que soy demasiado quisquillosa. Pero lo del otro día ya excedía cualquier límite… No lo encuentran, dicen. Si con los nervios no he dejado pistas, espero que nunca lo hagan.


DUBITATIVA
Me queda un regusto amargo en la boca al pensar que me pueden llamar el lunes. Me aterra salir por antena, que mi voz suene por la radio. Tengo pánico a quedarme en blanco en la votación a otro relato. Y además no estoy leyendo ningún libro. ¿Dónde está el botón de cancelar el envío? Este no es, ¿verdad?