PETITES HISTÒRIES


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Fin de la propiedad transitiva

Recuerdo el primer verano que pudimos salir de noche. Papá nos llevaba los sábados a algún pueblo vecino en fiestas y nos recogía de madrugada. Cantábamos a grito pelado todas las canciones, bebíamos una copa tras otra, bailábamos también las agarradas y, si conseguíamos un ligue, nos comíamos la boca con esa ansia de los primeros labios. Quizá no en ese orden, pero nos daba igual. Y no nos importaba que nos confundieran. De hecho, nos divertía. A veces un vaso que había estado en tus manos llegaba a las mías, o intercambiábamos la pareja de baile, o incluso los besos. Hasta que conociste a Julián. Entonces dejamos de ser un conjunto para ser un par ordenado.


[Enllaç al relat al blog d’ENTC (amb videorelat del relat guanyador) ]