PETITES HISTÒRIES


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Bien fría

Era mi amigo y me engañó. Era mi amigo y fui su fiador. “No te preocupes”, me dijo, “es un negocio seguro. Se basa en el valor de un índice que se alcanza con menos frecuencia que un año bisiesto. En dos meses recuperaremos la inversión al cuadrado”. Y yo le creí. ¿Cómo iba a saber que estaba jugando conmigo? Ahora toda la fuerza de la administración caerá sobre mí, sin que pueda ayudarme ningún abogado. Lo peor es que cuando me explicó que no había salido bien, me pareció verle una sonrisilla mal disimulada acompañada de un canturreo vagamente familiar. Hoy he recordado que era la canción preferida de Eva, la novia que le robé en el instituto.



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Una prueba de amor

Como un barquito de cáscara de nuez,
así temblaba el acusado delante del juez.
-Su señoría, yo soy inocente,
no tengo nada que ver con el incidente.
El abogado de la acusación
abre el interrogatorio con aire guasón:
-¿Me dirá que no es usted, caballero,
quién viste sólo con toalla en el merendero?
Sacó una foto de la carpeta
que acercó al estrado haciendo una mueca.
-¿Podemos repetir la escena
y vemos si su aspecto nos suena?
-Sólo quería que mi novia viera
que cualquier cosa haría por ella.
Si de su corazón me da la llave
yo voy con toalla hasta por la calle.
-Íbamos con mi madre de paseo
y que fueras “junto a ella” era mi deseo,
alegó sonriente la muchacha,
-¡Retiro la denuncia! -gritó y al chico que abraza.
El juez suspiró aliviado
de representar el circo en su juzgado se había librado.



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Consejos paternos

Mi padre me decía siempre lo mismo, parecía un disco rayado:
-Si quieres conseguir la independencia económica, en vez de simplemente ser un mero aspirante a ello, deja de perder el tiempo en zarandajas y aplícate a estudiar derecho procesal, derecho constitucional y el resto de asignaturas de la carrera.
Pero en la facultad yo veía que Ginés se sacaba una pasta trapicheando con maría y los libros ni los tocaba. Se pegaba la gran vida y estaba de juerga continua. La verdad es que se enrollaba conmigo y me invitaba muchas veces. A cambio yo de vez en cuando le ayudaba con los trabajos de clase.
El otro día, gracias a seguir los consejos de mi padre, pude devolverle el favor. No fue en la universidad, sino ya en el juzgado: Ginés se sentaba en el banco de los acusados y yo fui su abogado defensor.


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Juicio imposible

Recuerdo cuando era abogado, en Alepo. Eso fue hace cuatro años, aunque parece que haya pasado una eternidad. Ahora tengo suerte de estar vivo en este campo de refugiados.

Es tan injusto, pero… ¿a quién demando por ello? ¿A quién reclamo que me devuelva mi anterior vida, mi casa, todo lo que he perdido? ¿Quien responderá por el futuro de mis hijos que queda colgando en el aire? ¿A quién llevo a juicio por el inmenso drama humano de mi pueblo?

¿A los que facilitan las armas a uno u otro bando? ¿A los que ponen alambradas para que no entren mis compatriotas en su huida de la guerra? ¿A los que no buscan soluciones sino que esperan que por arte de magia cese la llegada por mar de más embarcaciones?

Y mientras tanto, seguimos sufriendo…


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Bajo cero

La temperatura exterior bajaba ya de cero grados y en el piso se notaba. El frío era su compañía el primer día del nuevo año. El frío y el hambre. Pero tenía un plan. No permitiría que abogados y jueces le echaran de su casa ahora que le faltaban menos de dos años para el vencimiento de la hipoteca. Quería tener la seguridad de no perder las visitas de su hija. El subsidio de desempleo sería para el banco y él pasaría con lo mínimo: arroz y patatas. Excepto los fines de semana alternos. Esos días en que la bruja de su ex mujer dejara a la niña con él, pondría la calefacción y comerían un menú variado. Estaba decidido. No, no perdería a su pequeña.



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Fiel a sí mismo

El señor Gutiérrez ve como su vitalidad se va apagando. Estos últimos meses en el asilo de ancianos, le hacen sentir muy lejano el tiempo en que licitaba un caso tras otro. El derecho fue su vida: juzgados, testigos, argumentos, leyes,… En todos esos años, hubo una frontera que nunca cruzó: la de su integridad. No tuvo necesidad de defender a quien a su parecer no lo merecía. Evitó a toda costa esa lucha interna que veía en otros compañeros de oficio, pues le quedaba claro que en una guerra como aquella era imposible ganar. Siempre perdía uno mismo.



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Peritaje imposible

Ella era su refugio. Cuando trataba un caso complejo, sabía que al final de la jornada podría encontrar descanso entre sus brazos, jugar con sus largos rizos y perderse en sus ojos claros. A veces los acuerdos entre las partes enfrentadas tardaban en llegar, pues las valoraciones objetivas nunca satisfacían a todos. Y discutiendo las compensaciones económicas el tiempo parecía dilatarse: nadie quiere dedicar sus ahorros a pagar daños a un tercero, por muy justo que sea. Así se amontonaron días y semanas con llegadas más tarde, con menos tiempo para vivir en pareja, con más carga negativa en la mochila que llevaba a cuestas, con menos buen humor para compartir con ella. Hoy al llegar encontró el piso vacío. Le vino a la memoria un instante de ayer, en que una mirada fugaz parecía avisarle del inminente desenlace. Está hundido. A ver quién se atreve a peritar estos daños.